Contemplé de tal manera la profundidad de esos objetos, que finalmente le dieron explicación y único sentido a nuestra existencia: su fragilidad. Desde ese momento decidí crear el museo de nuestra historia, el Museo de Noviembre.
_____________________________________________________________________________________________
Él
parecía tener buen ojo para el paisaje, eso
me nublaba la mente y me embotaba el corazón. Además era hermoso. Así que cometí
el error de confesarle el violento fuego que me consumía.
No
quiero decir en qué consistía aquello, porque todavía, calculando que no me debe
quedar ni un poco de vergüenza, aún hay algo dentro de mí que busca evitar los
malos recuerdos. Pero expongo aquí nuestra historia de azar, de secretos y de
memoria, nuestra historia sin traición ni delación, nuestra historia corta,
intensísima, incomprensible y eterna. Una historia muerta pero que aún le caben paréntesis, cuando el ser queda en suspenso, y a la vida se le abren espacios y silencios, aquí los paréntesis que expongo. Esta es
la historia de lo insoportable que soy cuando no estoy contigo:
En paréntesis estás y en tus manos me tienes. En tus manos soy brasa y ceniza Y estoy tu cuerpo,
te suspiro y broto, nos brotamos y me vuelo, te vuelo,
y bebemos nuestro propio soplo.
En paréntesis estamos, y en tus manos nos tenemos bebiendo aquella sed mientras estoy tu cuerpo
y friccionamos al deseo,
y él nos fricciona, y los dos sabemos.
Vos sos brasa y yo me quemo,
y yo te respiro respirarme
Y nos escapamos de nuestras bocas,
para volver a beber del cuerpo, y ahora me llueves
Su reloj pulsera... Me podía abstraer largo rato en este
objeto, hipnotizar mi vista en él y embriagarme en la deidad que me produce ahora
el recuerdo. Pero sin embargo quizás no era el reloj pulsera en sí mismo
lo que me atraía tanto, sino la manera en que éste engalanaba su hermoso brazo,
le daba su forma y le entregaba figura. Había algo en ese reloj que yo
desconocía y me resultaba un enorme enigma, de no estar reprimiendo tanto lo
aclararía con exactitud. Lo cierto es que después de nuestro adiós, cada vez me
era difícil evocar su rostro sin agregar o quitar detalles, y a medida que el
tiempo avanzaba más se convertía en un producto de mi creación imaginaria, más
me entumecía al no lograr recordarlo, y más me detenía en detalles y
pormenores, como en el caso del reloj pulsera. Algo no me permitía recordar ese
rostro que tanto quería, incluso si tuviera siete hermanos idénticos a él yo
sabría reconocerlo en el montón. Cada día recuerdo menos de su rostro, sin
embargo expongo aquí todo cuánto pude recodar de él.
Mi casa era nuestro lugar de encuentro, ahí estaban reunidos
todos nuestros objetos. Cuando estaba fuera de casa por alguna emergencia,
clase o reunión sentía una impaciente necesidad de regresar, dubitaba por largo
rato y resolvía volver. A medida que iba acercándome a casa, tambiénse iban acercando mis pensamientos y
sentimientos, (esa sensación que tiene el artista cuando se encuentra
inspirado) y se me ensanchaba el corazón imaginando mi casa y aquel teatro
montado en el salón de recuerdos: nuestro museo. De esa manera contemplaba y me absortaba en los detalles y
formas de los objetos que nos pertenecieron en algún tiempo, y me perdía en
esas imprecisiones de mi vida, hasta que algún ligero sonido de los muebles de
madera cuando por humedad recuperan su forma, algún insecto aleteando contra la
gravedad o gota desde alguna canilla, me dispersaban de mis ensoñaciones. Si
bien siempre instalaba el mismo velador portátil que lo llevaba a casi todos
los mismos lugres de la casa mientras leía o escribía o dibujaba, lo cierto es
que mi vida habría dado un completo giro, muy inesperadamente y se había
empañado por completo del color de almíbar y de la misma luz amarilla, tenue y
pobre del velador y del ritual de aquel teatro montado en el salón de recuerdos.
Nuestros objetos también se habían bañado de ello, y sus detalles relucían aún
más ante este fenómeno, sin embargo, yo buscaba arraigadamente esa sensación de
ver su rostro, él me generaba esa sensación de que
algo, en completa perfección, cabe en toda la palma de nuestra mano. Sim
embargo por su falta me
hacía buscarlo y encontrarlo en miles de detalles de objetos que interrumpían la
reconstrucción de aquello que yacía cada
vez más olvidado.
En fin, no
era solamente un mal hábito y una obsesión descarriada sino que también había
sorbido una buena dosis de dolor y esto me extasió o adormeció a un punto en
que, ante aquella multitud de objetos que admiraba, me di cuenta de que no sólo
me producía placer, sino también esperanza y visión futurista; viendo que allí había pan que amasar, llevé las cosas
hasta un extremo de pensar que mi vida se habría desviado de su
camino y ahora debía de darle la forma. Mi hermano Suréya y yo resolvimos salir y dar un paseo por nuestro pueblo de recuerdos antropoideos mutuos, en los techos
que miraban al norte y en los costados de las cúpulas se percibían los mismos
rayos iluminados y ardientes de un incipiente verano, un barco se acercaba al muelle del Miranda, las
mareas que generaba ese barco me hacían olvidar por un momento aquel rostro por completo, lo olvidaba tanto como olvidaba que a mi lado
permanecía mi hermano Suréya ensimismado. Las copas de los cipreses y los delgados álamos bailaban, y el aspecto de los
techos de las lejanísimas casas me traían la tristeza de la tarde, (ya quería
regresar a casa), los ruidos del barrio más abajo, las voces de la gente
dispersa en sus caminatas y los chillidos de los niños que jugaban en el patio
del muelle del Miranda se amalgamaron en mi mente avisándome, que a partir de
ese momento no podría vivir sin aquel teatro montado en el salón de recuerdos. Durante
ese momento de aceptación y resignación se me apareció en completa revelación y
claridad el hermoso, completo, sereno y prolijo rostro de mi amado, olvidado
durante tanto tiempo. Instantáneamente encontré la sensación que él me
generaba, la sensación de que algo, en completa perfección, cabe en toda la
palma de nuestra mano, y lo imaginé sentado junto a una gran copa, en la claridad del hermoso día, con lentes de sol y una sonrisa enormemente dificil de exponer. Mi joven brillante me ensanchó el pecho de una manera tal que mi hermano Suréya y
yo, resolvimos volver a nuestro museo.
Aquí expongo aún más detalles del
viejo y veloz automóvil de su padre.
Además de las altas velocidades y
su despliegue, pensaba en cómo preocuparse por las complejidades de
la vida cuando el tapizado de cuero se deslizaba tan suavemente en ese asiento de
acompañante. Yo estaba algo así como feliz, y él tenía un auto rápido, cualquier lugar era mejor para empezar de
cero, y sólo debíamos tomar una decisión. Ambos
adoramos esa amistad que surgió entre nosotros, una amistad altruista y
fantasiosa, nos seducía prácticamente todo lo novedoso y lo insólito y
detestábamos sentirnos encerrados, a excepción del interior de ese automóvil,
este era casi una extensión de nuestro cuerpo. Éramos tan altruistas y
fantasiosos, y ese automóvil era tan veloz que descubrimos que nos podíamos
adaptar a cualquier situación, de hecho nos habíamos adaptado con naturalidad a
lugares nuevos que compartímos y nunca antes los habíamos visitado.
Dentro de él transcurrieron la
mayoría de pensamientos e ideas que nos unían en cierta
medida porque teníamos una avidez insaciable de comunicarnos y
conocernos, quizás éste era el motivo de nuestros silencios profundos y
meditativos, en ese veloz automóvil nos pensábamos todo el día. Y durante otros
momentos olvidábamos que el amor no necesitaba de teorías y frases y
elaboraciones gramaticales y era cuando fluíamos intuitivamente, y nos
dirigíamos hacia el objeto de nuestro deseo. (Noté que tenía algo en el
cabello, me abalancé sobre él y se lo quité. O cuando terminamos de nuestras
copas y sin negociar pedimos otras.) Lo más extraño es que alternábamos
nuestras fases de pensamiento y silencios; y nuestras fases de fluidez y
naturalidad, en el mismo instante. Era como si fuésemos el mismo aire, o gravedad, una suerte de inercia: la complicidad intelectual y sentimental entre nosotros dentro del
veloz automóvil de su padre, que también se manejaba por inercia.
Recuerdo que conducimos el día
entero ese auto, nos turnábamos no tanto por el cansancio sino por la
creatividad que buscábamos, y ya cerca de la llegada de la noche después de
querernos un buen rato en la parte de atrás, tomamos otro camino, la velocidad
era tan rápida que sentía como si estuviese ebria, las luces de la ciudad se
posaban sobre nosotros y nuestras ropas, su brazo se rodeaba levemente sobre mi
hombro izquierdo, (en ese momento tuve un hermoso sentimiento de pertenencia), sentí que éramos uno solo, que el viento nos golpeaba las venas y que nos
congelaba la cara, que volaban los papeles en el interior, y que él sonreía
secretamente, y que yo también sonreía, que volábamos hacia quien sabe donde, y
que por fin habíamos tomado aquella decisión, y a la ciudad que abandonábamos
decíamos finalmente adiós. Éramos tan altruistas y
fantasiosos, y ese automóvil era tan veloz, que mientras nos conducíamos
hacia quien sabe donde, yo logré imaginar todo ese tipo de cosas, porque lo cierto es
que su mente yacía en otro lado, en ese otro mundo al que realmente pertenecía,
apenas me había regalado dos placeres: el suyo y el mio. No habíamos tomado la
desición de decir adiós a esa ciudad a pesar de que tanto lo queríamos, y yo
preferí que tomase el veloz automóvil de su padre, y siguiera manejándolo hacia
quien sabe donde, antes que yo volviera a
inventarme otras historias dentro de él, por "una suerte de inercia."