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domingo, 5 de enero de 2014

Paréntesis



Él parecía tener buen ojo para el paisaje, eso me nublaba la mente y me embotaba el corazón. Además era hermoso. Así que cometí el error de confesarle el violento fuego que me consumía.

No quiero decir en qué consistía aquello, porque todavía, calculando que no me debe quedar ni un poco de vergüenza, aún hay algo dentro de mí que busca evitar los malos recuerdos. Pero expongo aquí nuestra historia de azar, de secretos y de memoria, nuestra historia sin traición ni delación, nuestra historia corta, intensísima, incomprensible y eterna. Una historia muerta pero que aún le caben paréntesis, cuando el ser queda en suspenso, y a la vida se le abren espacios y silencios, aquí los paréntesis que expongo.  Esta es la historia de lo insoportable que soy cuando no estoy contigo:



En paréntesis estás y en tus manos me tienes.
En tus manos soy brasa y ceniza
Y estoy tu cuerpo, 
te suspiro y broto,
nos brotamos y me vuelo, 

te vuelo,
y bebemos nuestro propio soplo.

En paréntesis estamos, y en tus manos nos tenemos
bebiendo aquella sed
mientras estoy tu cuerpo
y friccionamos al deseo,
y él nos fricciona, y los dos sabemos.
Vos sos brasa y yo me quemo,
y yo te respiro respirarme
Y nos escapamos de nuestras bocas,
para volver a beber del cuerpo,
y ahora me llueves
porque esa eternidad se nos acababa,
y nuestro circulo beso
en la sed era urgente,
pero nunca se nos acababa.



sábado, 28 de diciembre de 2013

Reloj



Su reloj pulsera... Me podía abstraer largo rato en este objeto, hipnotizar mi vista en él y embriagarme en la deidad que me produce ahora el recuerdo.  Pero sin embargo quizás no era el reloj pulsera en sí mismo lo que me atraía tanto, sino la manera en que éste engalanaba su hermoso brazo, le daba su forma y le entregaba figura. Había algo en ese reloj que yo desconocía y me resultaba un enorme enigma, de no estar reprimiendo tanto lo aclararía con exactitud. Lo cierto es que después de nuestro adiós, cada vez me era difícil evocar su rostro sin agregar o quitar detalles, y a medida que el tiempo avanzaba más se convertía en un producto de mi creación imaginaria, más me entumecía al no lograr recordarlo, y más me detenía en detalles y pormenores, como en el caso del reloj pulsera. Algo no me permitía recordar ese rostro que tanto quería, incluso si tuviera siete hermanos idénticos a él yo sabría reconocerlo en el montón. Cada día recuerdo menos de su rostro, sin embargo expongo aquí todo cuánto pude recodar de él.

Mi casa era nuestro lugar de encuentro, ahí estaban reunidos todos nuestros objetos. Cuando estaba fuera de casa por alguna emergencia, clase o reunión sentía una impaciente necesidad de regresar, dubitaba por largo rato y resolvía volver. A medida que iba acercándome a casa, también  se iban acercando mis pensamientos y sentimientos, (esa sensación que tiene el artista cuando se encuentra inspirado) y se me ensanchaba el corazón imaginando mi casa y aquel teatro montado en el salón de recuerdos: nuestro museo.  De esa manera contemplaba y me absortaba en los detalles y formas de los objetos que nos pertenecieron en algún tiempo, y me perdía en esas imprecisiones de mi vida, hasta que algún ligero sonido de los muebles de madera cuando por humedad recuperan su forma, algún insecto aleteando contra la gravedad o gota desde alguna canilla, me dispersaban de mis ensoñaciones. Si bien siempre instalaba el mismo velador portátil que lo llevaba a casi todos los mismos lugres de la casa mientras leía o escribía o dibujaba, lo cierto es que mi vida habría dado un completo giro, muy inesperadamente y se había empañado por completo del color de almíbar y de la misma luz amarilla, tenue y pobre del velador y del ritual de aquel teatro montado en el salón de recuerdos. Nuestros objetos también se habían bañado de ello, y sus detalles relucían aún más ante este fenómeno, sin embargo, yo buscaba arraigadamente esa sensación de ver su rostro, él me generaba esa sensación de que algo, en completa perfección, cabe en toda la palma de nuestra mano. Sim embargo por su falta me hacía buscarlo y encontrarlo en miles de detalles de objetos que interrumpían la  reconstrucción de aquello que yacía cada vez más olvidado. 
 
En fin, no era solamente un mal hábito y una obsesión descarriada sino que también había sorbido una buena dosis de dolor y esto me extasió o adormeció a un punto en que, ante aquella multitud de objetos que admiraba, me di cuenta de que no sólo me producía placer, sino también esperanza y visión futurista; viendo que allí había pan que amasar, llevé las cosas hasta un extremo de pensar que mi vida se habría desviado de su camino y ahora debía de darle la forma. Mi hermano Suréya y yo resolvimos salir y dar un paseo por nuestro pueblo de recuerdos antropoideos mutuos, en los techos que miraban al norte y en los costados de las cúpulas se percibían los mismos rayos iluminados y ardientes de un incipiente verano, un barco se acercaba al muelle del Miranda, las mareas que generaba ese barco me hacían olvidar por un momento aquel rostro por completo, lo olvidaba tanto como olvidaba que a mi lado permanecía mi hermano Suréya ensimismado. Las copas de los cipreses y los delgados álamos bailaban, y el aspecto de los techos de las lejanísimas casas me traían la tristeza de la tarde, (ya quería regresar a casa), los ruidos del barrio más abajo, las voces de la gente dispersa en sus caminatas y los chillidos de los niños que jugaban en el patio del muelle del Miranda se amalgamaron en mi mente avisándome, que a partir de ese momento no podría vivir sin aquel teatro montado en el salón de recuerdos. Durante ese momento de aceptación y resignación se me apareció en completa revelación y claridad el hermoso, completo, sereno y prolijo rostro de mi amado, olvidado durante tanto tiempo. Instantáneamente encontré la sensación que él me generaba, la sensación de que algo, en completa perfección, cabe en toda la palma de nuestra mano, y lo imaginé sentado junto a una gran copa, en la claridad del hermoso día, con lentes de sol y una sonrisa enormemente dificil de exponer. Mi joven brillante me ensanchó el pecho de una manera tal que mi hermano Suréya y yo, resolvimos volver a nuestro museo.






viernes, 27 de diciembre de 2013

Automóvil



Aquí expongo aún más detalles del viejo y veloz automóvil de su padre. 

Además de las altas velocidades y su despliegue, pensaba en cómo preocuparse por las complejidades de la vida cuando el tapizado de cuero se deslizaba tan suavemente en ese asiento de acompañante. Yo estaba algo así como feliz, y él tenía un auto rápido, cualquier lugar era mejor para empezar de cero, y sólo debíamos tomar una decisión. Ambos adoramos esa amistad que surgió entre nosotros, una amistad altruista y fantasiosa, nos seducía prácticamente todo lo novedoso y lo insólito y detestábamos sentirnos encerrados, a excepción del interior de ese automóvil, este era casi una extensión de nuestro cuerpo. Éramos tan altruistas y fantasiosos, y ese automóvil era tan veloz que descubrimos que nos podíamos adaptar a cualquier situación, de hecho nos habíamos adaptado con naturalidad a lugares nuevos que compartímos y nunca antes los habíamos visitado.

Dentro de él transcurrieron la mayoría de pensamientos e ideas que nos unían en cierta medida porque teníamos una avidez insaciable de comunicarnos  y conocernos, quizás éste era el motivo de nuestros silencios profundos y meditativos, en ese veloz automóvil nos pensábamos todo el día. Y durante otros momentos olvidábamos que el amor no necesitaba de teorías y frases y elaboraciones gramaticales y era cuando  fluíamos intuitivamente, y nos dirigíamos hacia el objeto de nuestro deseo. (Noté que tenía algo en el cabello, me abalancé sobre él y se lo quité. O cuando terminamos de nuestras copas y sin negociar pedimos otras.) Lo más extraño es que alternábamos nuestras fases de pensamiento y silencios; y nuestras fases de fluidez y naturalidad, en el mismo instante. Era como si fuésemos el mismo aire, o gravedad, una suerte de inercia: la complicidad intelectual y sentimental entre nosotros dentro del veloz automóvil de su padre, que también se manejaba por inercia. 

Recuerdo que conducimos el día entero ese auto, nos turnábamos no tanto por el cansancio sino por la creatividad que buscábamos, y ya cerca de la llegada de la noche después de querernos un buen rato en la parte de atrás, tomamos otro camino, la velocidad era tan rápida que sentía como si estuviese ebria, las luces de la ciudad se posaban sobre nosotros y nuestras ropas, su brazo se rodeaba levemente sobre mi hombro izquierdo, (en ese momento tuve un hermoso sentimiento de pertenencia), sentí que éramos uno solo, que el viento nos golpeaba las venas y que nos congelaba la cara, que volaban los papeles en el interior, y que él sonreía secretamente, y que yo también sonreía, que volábamos hacia quien sabe donde, y que por fin habíamos tomado aquella decisión, y a la ciudad que abandonábamos decíamos finalmente adiós. Éramos tan altruistas y fantasiosos, y ese automóvil era tan veloz, que mientras nos conducíamos hacia quien sabe donde, yo logré imaginar todo ese tipo de cosas, porque lo cierto es que su mente yacía en otro lado, en ese otro mundo al que realmente pertenecía, apenas me había regalado dos placeres: el suyo y el mio. No habíamos tomado la desición de decir adiós a esa ciudad a pesar de que tanto lo queríamos, y yo preferí que tomase el veloz automóvil de su padre, y siguiera manejándolo hacia quien sabe donde, antes que yo volviera a inventarme otras historias dentro de él,  por "una suerte de inercia."